El tenis no es solo deporte

Empecé a jugar a tenis hace unos cuatro años. No era algo que hubiera formado parte de mi vida desde pequeño, aunque me hubiese gustado. Pero, con el tiempo, ha ocupado un lugar importante. Lo que empezó como un deporte más, ha terminado siendo una de las pocas cosas que realmente consiguen ponerme los pies en el suelo, retarme y permitirme desconectar.

Mis días, como los de muchos, van cargados: decisiones, presión, ritmo alto… y esa sensación constante de tener demasiadas cosas abiertas a la vez. Incluso cuando paras, no paras del todo. La cabeza sigue. Siempre sigue. Hasta que entras en la pista.

Ahí pasa algo distinto. No es una desconexión buscada, no es un “voy a intentar relajarme”. Es más simple y más radical: el tenis no te deja pensar en otra cosa. Exige tanto en cada punto que cualquier pensamiento que no tenga que ver con lo que estás haciendo desaparece. No hay espacio. Y en un mundo donde todo compite por tu atención, poder centrarte solo en lo inmediato tiene un valor enorme.

Con el tiempo, ves que no es solo desconectar. Es algo más profundo. Es estar presente de verdad. No en el sentido teórico en el que se habla hoy, sino en el real: en ese en el que si te vas medio segundo, fallas. Cada punto empieza de cero y te obliga a estar ahí, al cien por cien, sin margen para el piloto automático. El tenis no te permite esconderte.

Y ahí empieza a cambiar algo. Porque sin darte cuenta, te entrena. Te obliga a convivir con el error constante: fallas más de lo que aciertas y, aun así, tienes que seguir. Tienes que resetear. Jugar el siguiente punto como si el anterior no existiera. Te empuja a dar lo mejor de ti en cada momento, no cuando te apetece, no cuando estás cómodo, sino siempre. Es una exigencia continua.

Y eso, en mi caso, se multiplica con alguien clave en este proceso: mi entrenador, Xavi. Es de esas personas que no te dejan acomodarte. Da igual que hayas tenido un buen día o que sientas que has jugado a gran nivel; para él nunca es suficiente. Siempre hay un punto más, un detalle más, un margen más que exprimir. Y, aunque a veces incomoda, es precisamente eso lo que marca la diferencia. Te obliga a verte de otra manera. A entender que el límite muchas veces no está donde crees. Que puedes dar más, incluso cuando piensas que ya lo has dado todo. Y esa exigencia, llevada con sentido, no desgasta: construye.

Ahí te das cuenta de que no depende del deporte en sí. Depende de cómo te implicas en él. Cuando lo usas bien, se convierte en una herramienta: una forma de vaciar la cabeza, de recuperar foco, de entrenar cómo gestionas la presión, el error, la frustración. Una forma de volver a algo más simple: estar en lo que estás.

En mi caso, el tenis es ese espacio. Un sitio donde el ruido baja, donde la mente deja de dispersarse y donde todo se reduce a lo esencial. Donde no hay atajos, donde cada punto cuenta y donde siempre hay algo que mejorar.

Encontrar un espacio que te obligue a estar presente, que te exija y que, al mismo tiempo, te libere, no es algo opcional. Es algo que, hoy, necesitamos más que nunca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio