La cultura de la culpa y el coste invisible en las empresas

Estos días estoy reflexionando sobre la cultura que tienen algunas empresas de trabajar más para cubrirse y evadir culpa que para avanzar. La primera reacción ante un problema siempre es buscar un culpable en vez de buscar una solución, dedicando más energía a identificar quién tiene la culpa que al resolver el problema en sí.

Esta vez me posiciono: estoy totalmente en contra de este tipo de culturas, porque no siguen los valores que considero que tengo como persona y como trabajador. Pienso que cada uno debe sostener su responsabilidad; hacerse responsable de lo que cada uno tiene en su radar y responder por ello. Para bien y para mal.

En proyectos complejos, con equipos multidisciplinares —negocio, IT, producto— los proyectos rara vez fallan por falta de talento. Fallan por algo mucho más sutil: la cultura del miedo a equivocarse y la obsesión por protegerse.

Cuando el foco está en evitar la culpa, la colaboración se rompe. Cada equipo actúa como si trabajara en un bando distinto y el avance se ralentiza. Lo importante deja de ser “cómo sacamos esto adelante” o “cómo solucionamos esto” para convertirse en “cómo justifico que la culpa no es mía”.

Cuanto más tiempo dedicamos a repartir culpas, menos tiempo dedicamos a entender realmente qué pasa. Menos tiempo a escucharnos. Menos tiempo a avanzar. Lo verdaderamente importante se retrasa y, con ello, el trabajo pierde eficacia.

Por eso, siempre he pensado que colaborar no es un gesto amable, es profesionalidad. No es una opción estética; es el único camino sostenible en proyectos complejos. Colaborar es la manera de crear sinergias que permitan avanzar de verdad.

Trabajar codo con codo, sin trincheras, implica asumir algo incómodo pero liberador: cuando un equipo falla, fallamos todos. Y cuando uno avanza, avanzamos todos.

La forma de trabajar cambia radicalmente cuando dejamos de buscar culpables y empezamos a buscar soluciones. Cuando pasamos de “ellos” a “nosotros”. Cuando la prioridad deja de ser cubrirse y pasa a ser el resolver.

Quizá la verdadera transformación cultural no empieza con metodologías ni procesos nuevos. Empieza con algo mucho más básico y esencial: trabajar día a día con sentido común, asumir la responsabilidad compartida y colaborar de verdad.

¿Cómo podemos movilizar este cambio de cultura?

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